La historia del arte moderno de México puede leerse como una sucesión de procesos estéticos e ideológicos que, desde finales del siglo XVIII, han configurado el horizonte visual del país, y que pueden identificarse en cinco grandes etapas. El academicismo, instaurado con la fundación de la Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos en 1781, introdujo en la Nueva España los modelos neoclásicos europeos, así como una pedagogía basada en el dibujo, la copia y la normatividad del oficio. Este sistema académico perduró hasta bien entrado el siglo XX y constituyó el punto de partida para las transformaciones posteriores.
En las primeras décadas del siglo XX, el muralismo redefinió la función social del arte y dio origen a la llamada Escuela Mexicana de Pintura. Su programa estético, comptrensiblemente político y estrechamente vinculado al proyecto cultural posrevolucionario, articuló una narrativa nacionalista que dominó la escena artística durante varias décadas.
Hacia los años cincuenta emergió lo que posteriormente sería denominado La Ruptura. Más que un movimiento cohesionado, se trató de un impulso de cambio, un espíritu iconoclasta y una voluntad de experimentación compartida por diversos artistas jóvenes que cuestionaron la hegemonía muralista y su célebre consigna de “no hay más ruta que la nuestra”. Estos creadores exploraron otros lenguajes y se abrieron a las vanguardias internacionales, desde los abstraccionismos neoyorquinos y las investigaciones matéricas desarrolladas en otras capitales artísticas como París, hasta la revisión de las vanguardias clásicas a partir de nuevos enfoques: neorrealismo, neofiguración, neodadaísmo, o neosurrealismo, entre otros. El término “Ruptura”, acuñado posteriormente en la historiografía, designa hoy ese conjunto heterogéneo de búsquedas que marcaron un giro decisivo en la modernidad artística mexicana.
De este proceso emergió la Generación de la Apertura, integrada por artistas nacidos en las décadas de 1950 y 1960, cuya producción se distingue por la solidez técnica, la diversidad de lenguajes y una libertad creativa que honra plenamente el término “apertura”. Sus obras, realizadas con un profundo dominio del oficio, revelan derivas estéticas que dialogan tanto con la tradición moderna como con las transformaciones culturales de la segunda mitad del siglo XX.
Finalmente, hacia el cierre del siglo, el arte contemporáneo irrumpió como un fenómeno global que reconfiguró los modos de producción, circulación y recepción del arte, consolidándose como la quinta etapa en esta genealogía.
El Museo Casa del Risco rinde homenaje a este grupo de artistas a través de una selección de veintinueve de ellos -pues son muchos más los protagonistas de esta generación- como reconocimiento a su talento, su resistencia y la pasión con la que dieron forma a la Apertura. Su legado constituye hoy un capítulo imprescindible en la historia del arte en México y es ya, sin duda, motivo de estudio y difusión.
Ester Echeverría
Curadora
Hasta el 24 de mayo | Martes a domingo | de 10 a 17 horas